¡Se acabó!
Pero no termino de celebrarlo. Se espera de mí esa alegría, pero no me sale. Como si hubiera una forma correcta de sentir... y yo no estuviera a la altura.
Hoy hace una semana que terminó la radioterapia. ¡Se acabó! Pero, realmente, ¿ya se acabó?
«¡Ya está!» es la frase que más he escrito en WhatsApp estos días.
Sin embargo, no termino de celebrarlo porque, para mí, no está. Y, aun así, lo digo y lo escribo: «¡Ya está!». No porque sea lo que necesiten oír, sino porque es una realidad: he terminado el tratamiento que requería mi presencia constante en el hospital, el combo estándar para mi caso… pero no el tratamiento entero.
Me siento hasta mal por no expresar más entusiasmo. Se espera de mí esa alegría, pero no me sale. Y me digo que «está bien», que «es normal», pero no puedo evitar el malestar: como si hubiera una forma correcta de sentir en estas ocasiones y yo no estuviera a la altura.
—¿Cómo lo vas a celebrar? ¿Cómo lo has celebrado?
—No tengo ganas. No lo he pensado.
—¿Por qué no? ¿Y eso?
—Porque, en verdad, no ha terminado. Aunque sí la radio, claro. ¡Ya estáaaa! —les contesto—. Y, según con quién, continúo o no:
—Porque me tengo que tomar una pastilla todos los días, pincharme cada tres meses, convivir con los efectos secundarios, las revisiones... Y porque, ahora mismo, me enfrento a la realidad de volver a la vida productiva y social… y eso significa que me tengo que adaptar a un mundo lleno de toxicidad y enfermo. El mismo que me llevó de la mano a esta situación y no estoy preparada.
Y, a pesar de todo, lo intento. Me lo he ganado. Pero esa frase escuchada en un puñetero reel no se me va de la cabeza: «El cáncer no se cura». Y es verdad: emocionalmente, no. Y ahora hago esfuerzos por mostrar mi cara más relajada: sonrío sin demasiadas ganas mientras trato de que se entienda por qué no lo celebro, aun a riesgo de parecer una desagradecida.
En estos casos, me gustaría que fueran otros quienes se encargaran de pensar por mí. Yo no tengo ganas. Una sorpresa de la que sí pudiera alegrarme. Pero huyo de las puñeteras expectativas: solo me han generado frustración. A veces están calladas, no hacen ruido: eso es felicidad. Pero, cuando necesito ligereza mental, vuelven con la esperanza de que otro se haga cargo de lo que yo, en ese momento, no puedo. Y no pasa. Traslado mi autoexigencia a otros y eso no es justo. Nadie es adivino. Pero sería tan increíble que sí, ¿verdad? Por eso, no esperar nada es un salvavidas.
Después de nueve meses, he llegado a la última pantalla, aunque esta no marque el «THE END» todavía.
No tengo claro cómo me siento. ¿Liberada? Solo de las horas en el hospital.
Me está costando procesar este nuevo estado. Muchos cambios al mismo tiempo. De repente, lo que yo llamo «burbuja de cáncer» ha explotado y he vuelto al mundo real: volver al trabajo, a las rutinas. No es que no quisiera salir de ahí, ¡no es eso! Solo que, después de todo este tiempo, rechazo la hostilidad de ahí fuera. ¡Como si lo de dentro fuera un spa! Y nada más lejos de la realidad.
No echo de menos el hospital ni las terapias. No, no, no.
Echo de menos mi tiempo. Sé que todo lo aprendido seguirá acompañándome para siempre, pero requiere tiempo de calidad para seguir alimentándolo… y eso es de lo que voy a carecer. Es lo que más me cuesta asimilar.
Mi burbuja de cáncer. Es posible que no se entienda y que dé la sensación de que quiero volver a marzo de 2025, pero cuando hablo de mi burbuja, hablo del tiempo. Del espacio de libre disposición —con permiso de las visitas médicas— que se tiene, aunque solo contase con media neurona disponible. Lo cual tampoco daba para hacer un gran uso de él. Y, aun así, me lo gocé.
Mi autoexigencia, la muy puta, opina que, en verdad, podría haber hecho cosas más útiles con ese tiempo (productividad). Cuando sabe que no era capaz. Tengo que recordárselo cada vez que se me cruza por la cabeza para hacerme sentir mal y provocarme tics en los ojos.
Tengo tics en los ojos todo el rato. ¿Nervios? ¿Toxicidad acumulada? Intuyo —y hay que hacerle caso a la intuición siempre— que son nervios. ¿Cómo puedo pretender hacer las mismas cosas que en mi época-burbuja? Es imposible. Ahora he de prescindir de unas ocho horas largas de mi tiempo. Y tengo suerte, hablo desde el privilegio, porque lo que hago me gusta. Pero esa transición de soltar y volver a crear un universo nuevo puede que sea lo que provoca que mis ojos vivan en una rave constante.
Volver a ordenarlo todo: ¿qué dejo ir? Volver a la rueda de la productividad; tratar de controlar el tiempo, estirándolo; creer que llego a todo para no tener la sensación de días perdidos… y no llegar a nada. Se ha roto la burbuja y debo volver a la vida real: la vida en sociedad. Me da pánico.
Me digo que necesito tiempo para adaptarme. Pero me mata tener que aceptar estructuras que ya no tienen que ver conmigo y que difícilmente se pueden cambiar. Por eso intento adaptarme a las reglas de un juego en el que no quiero estar, aun siendo esta nueva versión y trato de modificar lo que me permiten, a mí favor.
Los tics delatan mi nerviosismo por este nuevo comienzo, mientras me flagelo por tenerlos: mi cuerpo sabe que el estrés tuvo mucho que ver con todo. Son muchos cambios al mismo tiempo, mucho que asimilar; traumas que dejar atrás, que sostener y transitar. Por eso no me apetece celebrar: ahora mismo estoy tan perdida que no sé si me gusta en quién me he convertido o si alguna vez volveré a recuperarme del todo. Ahora mismo me conformo con que mis ojos dejen de martirizarme.
Soy la escritora de La Purria y sé que, poco a poco, iré recuperando mis espacios y crearé otros nuevos. Poco a poco me lo repito, a ver si convenzo de una vez a la ansia que llevo dentro.





Que bonito, que honesto, que potente. Un abrazo enorme, Sonia
Qué verdadero lo que cuentas, lo que has vivido y vives, cómo afrontar las expectativas y lo que sientes. Te mando todo mi cariño y aunque desde la distancia, por no haber vivido en primera persona el cáncer, te entiendo y despiertas toda mi ternura y empatía. Gracias por tu honestidad y sigue contándonos lo que sientes y piensas. Un abrazo, Sonia