Eric.
Media hora de cola para comprar bragas a dos euros, si tan poco valor le dan al tiempo, entonces es que no merecen tenerlo. ¡Ra-ta-tá!; ¡ra-ta-tá!
Actualmente en el mundo hay siete mil millones de personas, ¡siete!, a este ritmo de crecimiento alcanzaremos los ocho en breve, ¡ocho! Ocho, ocho, ocho mil millones… no me caben tantas personas en la cabeza. Estamos de acuerdo que esto es insostenible, ¿no?, sobra al menos la mitad de la población, eso es así.
Me explota el cerebro solo de pensarlo. Soy consciente del problema, y considero mi responsabilidad ser parte de la solución. He pensado que lo mejor es empezar a pequeña escala, algo más local, e ir aumentando «dosis» hasta alcanzar el objetivo. Nuestro futuro depende de ello y es una realidad, como el que un virus extendido a tiempo también ayudaría lo suyo… aunque esa idea no es mía, ¿estará patentada?, pero no tengo acceso a un buen patógeno destructor. El mundo está hecho un asco.
Juego al Sonic casi todas la mañanas desde hace más de veinte años, pero hoy el impulso era salir a la calle y buscar allí los anillos y su sonido de máquina registradora «clinc, clinc, clinc», por lo que me he armado con una ametralladora, un par de pistolas en el bolsillo, un machete en la espalda y una pequeña navaja en el tobillo. Aunque es agosto y muchos futuros cadáveres están de vacaciones, no debo reprimir mis impulsos de salvamento.
Camino por la ciudad, reconociendo el terreno de juego. Según el plan, hoy toca el distrito centro; veamos, ¿dónde hay población que no aporte nada? ¡Aquí sobran muchas personas!
¡Ra-ta-tá!; ¡ra-ta-tá! Hago una batida sobre la gente que espera cola para entrar en una tienda. ¿En serio?, ¿qué pueden ofrecerle al mundo unos zombis que esperan horas para comprar mierdas que no necesitan?, nada bueno, eso es así. Media hora de cola para comprar bragas a dos euros, si tan poco valor le dan al tiempo, entonces es que no merecen tenerlo. Me quedo con sus vidas, «clinc, clinc, clinc».
Hago recuento: treinta muertos. Vale, a lo mejor no es suficiente, pero la mayoría no habían llegado a los cuarenta, por lo que ya no podrán procrear. Calculo que, a una media de dos hijos por pareja, hemos dado más espacio al mundo, en concreto a unos noventa individuos del futuro. De nada.
Sigo en paz, lleno de orgullo por el trabajo bien hecho. ¡Pam, pam!, el del quiosco de la esquina a tomar por culo. El chaval que estaba comprando el periódico me mira fijamente, con la boca abierta:
—Tranquilo, todo está bien —le he dicho—. Si él vende un cupón ganador, muchas familias pueden enriquecerse y cuando la gente consigue dinero fácil, folla y tiene hijos, ¡muchos más que dos!, el inicio de nuestra autodestrucción. Pues se acabó; ni cupón, ni dinero, ni polvos, ni hijos. «Clinc, clinc, clinc», ¡qué delicia!
Imposible hacer una valoración objetiva de vidas salvadas, pero veo el puercoespín a lo lejos, que me guiña un ojo. De nada.
Continúo mi camino y me topo con el dueño de la tienda ecológica del barrio, qué hastío me produce su permanente estado de equilibro, cómo explicarle que no ayuda, sino todo lo contrario. Es un caso perdido. Saco el machete, se lo incrusto en el cráneo y ¡plaf!, cae al suelo al instante. Ya no hará daño a nadie más; los alimentos sanos son armas de destrucción masiva. Cuanto menos sano, menos esperanza de vida, más comida para todos, ¡et voilà! mundo más duradero. De nada.
Más anillos.
Leo Urban Spa y me pongo tenso. No interesan personas relajadas, ¡no! El estrés es necesario para los ataques de corazón masivos, los ictus destructivos, los derrames explosivos… también ofrecen yoga y meditación, ellos lo entenderán, es por un bien mayor. Saco la navaja y me meto en clase de Bikram, el calor es insoportable. ¡Ris, ras! ¡Ris, ras! Todos empapados de sudor y sangre. Sube mi marcador. Voy a por los que están a remojo; saco la pistola pequeña; ¡pum, pum, y a flotar! Cuento un total de quince relajados de mierda. De nada.
Necesito más puntos.
Considero que el ritmo que llevo es lento, me apresuro a acabar el trabajo en este distrito, aún me quedan seis más y pronto podré dar el gran salto a otras ciudades.
Mato a los de mi escalera; los de arriba, porque permiten que sus hijos corran maratones de lado a lado de la casa desde las siete de la mañana a las doce de la noche, todos los días. Los de abajo, porque tienen un gusto pésimo musical y creen que es imprescindible compartirlo con todos los vecinos. Los de enfrente, porque consideran que su basura es más importante que la mía, además de inolora y se puede quedar días en el pasillo. De los actos vandálicos y los que los cometen no puede salir nada bueno, son ciudadanos prescindibles; los que no valoran el arte y no son capaces de gestionar su propia mierda. De nada.
«Clinc, clinc, clinc».
Bien entrada la noche y con el cuerpo exhausto por la jornada, veo desde el balcón una fila de hombres que se pasean con radios bajo el brazo, ¡esas radios ya no se usan, joder!
¡Ra-ta-tá!, ¡ra-ta-tá! Una ráfaga que, a pesar de la distancia, los alcanza a todos y acaba con su sufrimiento. En el nuevo mundo no se puede vivir en el pasado, no puede haber personas que transporten radios bajo el brazo.
“CLINC”, ¡la Esmeralda del Caos ya es mía!
Con ese pensamiento y una sonrisa de satisfacción en los labios, me ducho para quitarme la mugre roja con la que me han ido pringando. De verdad que estoy superfeliz, por fin estoy haciendo algo en lo que creo, algo bueno para el mundo, eso es así. Mientras, en el lado derecho de la pantalla, veo el recuento de anillos: doscientos anillos, dos vidas extra y una de las seis «Esmeraldas del Caos».
Me miro al espejo y me digo: «De nada».






¡Brillante!